Cien razones para amarte . El flechazo

Cien razones para amarte

Esta es la primera entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad:

Dicen que la mejor época de la vida para viajar y conocer mundo es la de estudiante. Y es cierto. Al menos en mi caso. Porque fue por entonces cuando visité Alcalá de Henares por primera vez. Sí, vale, vivía en Coslada, a poco más de 10 kilómetros de distancia, y vine para hacer la selectividad. Y esa primera toma de contacto no pasó del trayecto que va de la estación de tren a la Universidad Laboral, en cuyas aulas me examiné. Pasando, hay que alimentar el cuerpo para que la mente carbure, por dos rápidas visitas al Pinky Burguer del Paseo de la Estación, que ya por entonces, hace más de 30 años, servía menús económicos a base de hamburguesa, patatas fritas y refresco, contribuyendo al enriquecimiento del gremio de médicos cardiólogos.

Aprobé. Y entonces tuve una de las ideas más geniales y trascendentales de mi vida. Decidí estudiar la carrera de Geografía e Historia. Claro que sí, pensando con perspectiva de futuro, ¿quién no querría formar parte de ese selecto grupo de historiadores que trabaja en supermercados, cadenas de montaje o empresas de telemarketing? Una élite oiga, apenas unos cuantos, algo así como el listín telefónico de la ciudad de Valencia.

Y no sólo decidí estudiar Geografía e Historia, sino que además decidí hacerlo en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.A.H., cuyas clases se impartían (y aun se imparten) en el muy notable e ilustre Colegio de Málaga , situado en el punto exacto donde la calle Colegios muere (o nace, según uno vaya o venga) en el mismísimo corazón de la ciudad: la Plaza Cervantes.

Así que nos encontramos con un chaval de 18 años, universitario, libre por una ciudad llena de bares, y desilusionado tras unos primeros días de clases soporíferas e infumables. Y junto a él, una cuadrilla de compañeros de carrera, a los que no voy a llamar vagos y maleantes, aunque podría perfectamente, dispuestos a saltarse casi todas las clases en aras de unos botellines con tapita y una buena partida de mus. Porque ya por entonces bares con tapita en Alcalá de Henares unos cuantos.

Algunos históricos. Con tres cervezas comías. ¿Cómo olvidar las batallas campales que se montaban por conseguir mesa en el ya desaparecido Escudo, frente a la Facultad de Económicas? ¿O las paradas en La Trainera, de camino a la estación para coger el tren de regreso a casa? ¿O las concentraciones en el Dorinda del equipo de fútbol de nuestra Facultad, famoso por ganar un partido en 3 años? Si pasabas más de media hora en el Dorinda el olor a fritanga no se te iba en una semana, ya podías ducharte 10 veces al día y frotarte con aguarrás. ¿O La Oveja Negra, donde podías confraternizar con un café en la mano con algunos de los profesores y hacerles un poco la pelota para llegar al aprobado pelón? Eso sí, los más canallas, que los profesores formales tomaban el café en el Bedel.

Fueron años inolvidables. Irrepetibles. ¿Los habría vivido si pudiera de otra manera?Seguramente sí, pero no me arrepiento de nada, o de casi nada. Porque fue entonces, sin saber que mi futuro iba a estar en esta ciudad, cuando empecé a enamorarme de Alcalá de Henares. Ese primer año de carrera conocí, aunque ninguno de los dos lo sabíamos ni lo podíamos imaginar por entonces, a la que sería y es mi compañera de viaje.

Y obviamente esa es, sin duda alguna, y te hablo a ti, ciudad antigua y orgullosa, la primera de mis cien razones para amarte.

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