Cien razones para amarte XIV

Cien razones para amarte XIV

Esta es la decimocuarta entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad.

El último corto paseo para el otro lado. De la Ermita del Cristo Universitario de los Doctrinos al Convento de Santa María del Corpus Christi.

Tercera salida. Objetivo, llegar esta vez si o si de una puñetera vez hasta el final. En ese momento aún no lo sabíamos, pero el hecho de que desde la Hostería del Estudiante hasta la Plaza de Aguadores no hubiese ningún bar, cafetería, restaurante o establecimiento de similar índole que pudiera torcer nuestras débiles voluntades ayudó bastante a que por fin alcanzáramos nuestra meta. Dicho así podría parecer que lo único que nos importaba era beber y comer, pero en nuestra defensa he de decir que mientras la mayoría de nuestros compañeros o bien no salían de la facultad, o bien no salían del bar, nosotros gozábamos de una sana curiosidad por conocer lo que nos rodeaba y descubrir los secretos de la ciudad que nos había acogido como escolares de ciclo superior. Es más, siempre que entrábamos a una tasca, taberna o bar a refrescar el gaznate o colmar la panza aprovechábamos para entablar grata conversación con los parroquianos habituales y con el personal, de cuyos coloquios en todas las ocasiones sacábamos provechosas enseñanzas. Y es que estoy firmemente convencido de que la sabiduría popular es la mayoría de las veces más docta, juiciosa y sensata que la de las consideradas brillantes mentes pensantes. Más humana y cercana seguro.

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En estas consideraciones y debates para justificar una nueva ausencia de clase andaba nuestra cuadrilla cuando llegamos al primer emplazamiento del periplo prediseñado: la Ermita del Cristo Universitario de los Doctrinos. Para esta ocasión, contando con la posibilidad de que no tuviéramos la suerte de encontrar a alguien que nos relatara de que iba la vaina, hicimos los deberes e investigamos previamente por nuestra cuenta para estar en antecedentes cuando llegara el momento. Resulta que tener una biblioteca a mano es mucho más útil de lo que en un principio uno pudiera pensar. Y gracias a esta pesquisa anticipada se nos hizo patente que, como universitarios que éramos, de haber tenido un mínimo de espíritu religioso ese era el lugar al que deberíamos ir a rogar por el perdón de nuestros pecados. Y la talla del Cristo realizada en el siglo XVI por Domingo Beltrán, discípulo por cierto del gran Miguel Ángel, vaya nivelazo, era la imagen a la que tendríamos que encomendarnos antes de los exámenes para que los resultados nos fueran propicios. Tradición que nuestros antepasados compañeros estudiantes pusieron de moda allá por el siglo XVI. Y nosotros perdiendo el tiempo estudiando.

Sabiendo esto, a pesar de nuestro agnosticismo declarado, sentir una pizca de emoción y un pellizco en el estómago al acceder a la capilla fue una sensación de la que todos nos descubrimos coparticipes. Esa pequeña ermita, construida hacía más de 400 años al más puro estilo barroco castellano para albergar la imagen del Cristo de la Misericordia encontrada en 1255 junto a la muralla que se alzaba entonces unos pocos metros más al este, rezumaba espiritualidad, recogimiento y paz por todos sus rincones. E Historia, y muchas leyendas, cuentos y tradiciones, que a fin de cuentas eran la fuente de nuestro entusiasmo particular. Colegiales del pasado, con las mismas ilusiones, miedos y esperanzas que teníamos nosotros, y que seguro también tendrán los que vengan en el futuro, acudían a esa pequeña capilla a contemplar y rogar a una imagen inerte confiando en que una fuerza superior les reconfortara y acogiera bajo su manto. Después de todo, da igual si es en la religión o en la ciencia, en la amistad o en el amor, no sentirnos solos y abandonados es lo que todos, a veces con desesperación, buscamos y deseamos encontrar.

Pasados unos minutos, más bien una hora, de disfrutar de la tranquilidad del lugar, se nos hizo fácilmente comprensible que en varios momentos de sus vidas San Ignacio de Loyola y San José de Calasanz eligieran la ermita como su refugio de serenidad y meditación. Y casi envidiamos a los pequeños niños huérfanos que en aquellos primeros años de la fundación aprendían en las edificaciones del Corral de Mataperros, ahora convertido en jardín, a leer, escribir, las reglas básicas del cálculo y por supuesto, momento y lugar mandan, el catecismo. De ahí la advocación de los Doctrinos que recibe el Cristo, del mismo modo que recibe la de Universitario por la relación permanente que tenía con los estudiantes, vecinos la gran mayoría por encontrarse sus colegios en la misma calle. Hasta tal punto que cuando el Cristo salía en procesión en Semana Santa allá por el siglo XVII la mayoría de los penitentes que lo portaban eran alumnos de la Universidad, cada uno ataviado con el uniforme y la beca de su propio Colegio. Es por ello que el hábito negro y la beca roja de los actuales cofrades sin duda son herencia de la indumentaria reglamentaria de algunos de aquellos colegios.

Pero por muy a gusto que nos encontráramos no podíamos posponer más continuar con nuestro recorrido. Si a Don Quijote le bastaron 3 salidas para peregrinar por tantas tierras y vivir innumerables aventuras era del todo inaceptable que nosotros necesitásemos de una cuarta para atravesar una sola calle. La coqueta Plaza de los Doctrinos, presidida por una estatua de San Ignacio de Loyola, era el final de un camino recorrido a intervalos durante un espacio de tiempo que se alargaba ya varias semanas. En ella, protegido por 3 enormes pinos que además de sombra daban refugio a todo un ejército de palomas dispuestas a bombardearnos en cualquier momento con sus excrementos, descubrimos la fachada del Monasterio Carmelita Descalzo de Santa María del Corpus Christi, o convento de afuera como era conocido en contraposición al existente de la misma orden en la calle Imagen, por hallarse tras la muralla en la que por entonces se abría la puerta este de la ciudad que mostraba el camino hacia Guadalajara. Convento de clausura de monjas carmelitas descalzas de Santa Teresa de Jesús, ese día nos tuvimos que conformar con admirar su sencilla fachada totalmente simétrica construida en piedra y ladrillo, pobre y austera sin casi elementos decorativos, apenas una Virgen con niño en una hornacina y el escudo de la orden carmelita incrustado en el frontón rectangular que daba fin al punto más alto de la portada del edificio.

Un convento hoy en día abandonado y condenado a los estragos destructores del tiempo por culpa del politiqueo clerical que obligó a dejar su hogar de toda la vida a unas monjitas que no conocían el mundo más allá de los muros de su monasterio y que son el ingrediente más olvidado de una Iglesia patriarcal y machista que no duda en encerrarlas y tirar la llave permitiendo que en muchas ocasiones malvivan pasando penurias y necesidades. Todo ello para la mayor gloria de Dios.

Años más tarde, ya vecino de Alcalá casado y padre de familia, siendo mi mujer miembro de la Cofradía del Carmen que guardaba su imagen procesional en este monasterio, tuve la suerte de descubrir muchos de los tesoros que esconde en su interior, casi todas obras del siglo XVII. Su retablo o sus esculturas y cuadros de artistas tan importantes de la época como Pedro de Mena, Gregorio Fernández o Ángelo Nardi decoraban las paredes y capillas de su hermosa iglesia de cruz latina. Recuerdos de su madre fundadora, en sus estancias dormían como verdaderas reliquias 14 cartas manuscritas y el báculo de Santa Teresa de Jesús. Ahora, con su clausura y abandono, temo que todo se pierda víctima del traslado a salas ocultas a los ojos de la humanidad o peor aún muera destruido por el cruel e infatigable paso del tiempo.

Nunca permitas, faraónica Alcalá, ni tú ni tu gente, que la pereza o desidia de unos pocos releguen al olvido aquello por lo que tantos te amamos. Aunque sean pequeños, estos tesoros también engrandecen tu Historia.

Serie de artículos completa CIEN RAZONES PARA AMARTE

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Sobre Antonio Lera Rodríguez-Morón

Con una licenciatura en Geografía e Historia y un máster en Bibliotoeconomía y Documentación, su vida laboral ha discurrido en su mayoría por otros terrenos alejados a su formación. Como complemento laboral realiza tareas de Community Manager para 2 empresas locales. Empujado por su pasión por la lectura en su tiempo libre escribe relatos cortos personalizados .