La que va de la Plaza de los Santos Niños a Santa Catalina y Rico Home

Cien razones para amarte XLII

Esta es la cuarenta y dos entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad. En este artículo estrenamos colaboradora de lujo para los artículos de CIEN RAZONES que seguro nuestros lectores disfrutarán: Se trata de Carolina Delgado Rivas, que aportará su mirada, a través del objetivo de su cámara fotográfica para completar los relatos de Antonio con imágenes «a medida» de lo que los dos quieren plasmar. ¡Encantadísimos de tenerte con nosotros!

Hay calles que parecen no tener nombre. Pero lo tienen, a pesar de que casi nadie lo recuerde. Grandes olvidadas, bien por la fugacidad de su longitud, por carecer de edificios y monumentos de renombre, o porque la Historia ha pasado de largo por sus aceras y adoquines, languidecen olvidadas por ediles y vecinos siendo casi siempre su única razón de ser conectar una plaza concurrida con una avenida transitada. Son las pequeñas venillas del sistema sanguíneo de una ciudad. Ignoradas, nadie sabrá indicarte donde se encuentran, salvo, claro está, los que viven o han vivido alguna vez en ellas.

Yo viví en una de esas calles, brevemente cierto, pero los recuerdos de esos mis primeros seis meses de independencia están inevitablemente ligados al primero derecha del número 9 de la calle Tercia. Recién casados, con un futuro planificado de emigrantes al Nuevo Mundo para hacer realidad el anhelo de ejercer como profesores de Historia en una universidad colombiana, el alquiler se nos presentó como la mejor opción a la espera de una prometida llamada a filas que al final nunca se produjo. Así que, con los sueños rotos y un futuro laboral poco halagüeño, nos lanzamos a la aventura de adquirir una vivienda en propiedad que después de 20 años sigue sin ser propia, aunque por lo menos ya sí podemos decir que es más nuestra que del banco.

Salón, baño, 2 habitaciones, cocina y terraza. Un cuadro con escena de cacería frente al sofá, muebles de megatienda de carretera y una antigua cama de matrimonio, que resistió sorprendentemente bien las acometidas de dos jóvenes enamorados en pleno auge de sus facultades físicas, dejaban clara constancia de que hacía años que un decorador de interiores no visitaba la vivienda y que Ikea todavía no se había convertido en la proveedora oficial de estanterías, sillones y zapateros de nuestros hogares. El reducido número de vecinos, era un edificio pequeño donde casi todos, jubilados o viudas, vivían en una situación cercana a la precariedad, no daba para pagar servicio de limpieza, así que una vez a la semana nos tocaba barrer y fregar portal, escaleras y rellanos. Se respiraba la tranquilidad que da la confianza entre familias que se conocen de casi toda la vida. Hasta que llegaba el fin de semana. Y las hordas de jóvenes sedientos de música, alcohol y fiesta invadían la “zona”. Y conseguir dormir se convertía en una entelequia, y aparcar cerca de casa no era lo ideal para la seguridad de tu vehículo, ¡ay mi pobre “forito pachá plus”! Pero como había que pagar alquiler, luz, gas y más y más y más, y para poder pagarlo había que madrugar para ir al trabajo pues eso de si no puedes con ellos únete a ellos dejó de ser una opción aceptable salvo en muy contadas ocasiones.

Fotografía realizada por Carolina Delgado

Las campanas de la Catedral. Todos los días, a las 9 de la mañana, de lunes a domingo, tronara, nevara o hiciera sol, sin tener en cuenta si la noche anterior habíamos conseguido dormir apaciblemente o nos habían dado las 6 de la mañana en vela a causa del jaleo nocturno. Las 15 campanas menores del carrillón de Nuestra Señora del Rosario se arrancaban con el himno de Nuestra Señora de Fátima. Pocas veces mis instintos asesinos han estado tan a flor de piel. Ahora, en la distancia, escucho su susurro a lo lejos y hasta me parece que su sonido da sentido a esa peculiaridad tan especial de Alcalá de Henares que hace que una ciudad de más de 200.000 habitantes siga teniendo el alma de un pequeño pueblo. Cuando paseo por la Plaza de los Santos Niños y mi vista se alza hacia los más de 62 metros de altura de la torre ligeramente inclinada del campanario siempre recuerdo con orgullo que yo viví a la sombra de su imponente figura y que un sacristán ascendía todas las mañanas desde la capilla de San Juan Bautista hasta lo alto de la torre para a fuerza de tiro de cuerda darme los buenos días. El paso del tiempo es capaz de teñirlo todo de romanticismo.

En busca de inspiración, en una lluviosa tarde de principios de julio, recorro de nuevo mi calle Tercia, con pausa, deteniéndome en cada rincón, a la caza de recuerdos y evocando instantes escondidos en los ocultos rincones de mi memoria. Han pasado más de 20 años y sin embargo descubro detalles e historias que no estoy seguro si desconocía o había olvidado. En la fachada de la Ermita de Santa Lucía una placa da sentido al nombre de la calle. Al ser Alcalá de Henares y sus tierras un señorío donado en 1129 por Alfonso VII a los arzobispos de Toledo la Iglesia tenía derecho a cobrar los diezmos a sus habitantes. Pero como no siempre ser rey es sinónimo de estupidez pues Fernando III consiguió que el Papado otorgara a la Hacienda Real una tercera parte de los diezmos eclesiásticos, y en el caso de Alcalá esa tercera parte se cobraba en la que precisamente por ello se denomina todavía hoy calle Tercia. Esa misma placa también cuenta que en ese lugar, dentro de la Ermita, se reunió el concejo de la ciudad hasta el año 1515, con lo que puede considerársela la sede del primer ayuntamiento de Alcalá.

Fotografía realizada por Carolina Delgado

Una Ermita frente a la que cada sábado más cercano al 13 de diciembre, día de Santa Lucía, el “trasto” viejo es quemado en una hoguera que muy sabiamente luego es aprovechada para asar patatas y castañas. Desde la Plaza Cervantes una comitiva amenizada por dulzaineros y tamboriteros trasladan el “trasto” viejo, que representa algo que le sobra a nuestra ciudad porque es más negativo que positivo, a su braseado y merecido destino retomando una tradición centenaria arrojada al pozo del abandono por la dejadez y la desidia hasta que fue recuperada en 1992 por la Asociación Cultural de Hijos y Amigos de Alcalá. El fuego purificador por una vez incinerando injusticias en lugar de falsas brujas, herejes condenados por su libre albedrío y libros sembradores de libertad.

Sigo mi recorrido en busca de la nostalgia, a la caza de recuerdos que den sentido al camino que me ha traído a donde estoy, a mi presente continuo. Y persiguiendo el pasado reparo en que el tiempo no pasa en balde, ni para mí ni para lo que me rodea. Donde antes se derruía, decir que se levantaba no sería muy cercano a la realidad, una vieja casona de labranza hoy se alzan unos bonitos apartamentos turísticos que han aprovechado la antigüedad del edificio (ahora que está reconstruido sí se puede usar el adjetivo “antiguo” en lugar de “viejo”) para crear ese ambiente rústico que está tan de moda entre los turistas urbanitas. Y en el número 12, donde antes lo cierto es que no sé lo que había, ahora me recibe un pequeño local cuyo nombre despierta mi curiosidad y me sugiere que merece la pena que le dedique unos minutos de atención: La Sostenible “Reutilizar bienes para reducir la fabricación masiva y su impacto medioambiental”. Básicamente una tienda de ropa usada y de segunda mano. Como las que había a montones cuando era un crío, cuando el consumismo incontrolado aún no marcaba completamente la cadencia de nuestras vidas y el mundo corría, sí, pero no volaba al ritmo de dos colecciones de ropa por temporada, tres actualizaciones de sistema operativo al año y un smartphone nuevo cada noche de Reyes. Ojalá tengan éxito, yo ya le he echado el ojo a un par de camisetas…

calle tercia la sostenible
Fotografía realizada por Carolina Delgado

Y por fin llego a mi destino. Parado frente al portal número 9 de la calle Tercia alzo la mirada y la detengo en la terraza en la que furtivo fumador aspiraba la nicotina de un “lucky” mientras observaba a la gente fluir presurosa por la estrecha acera y a los coches pasar una y otra vez en el desesperado intento de sus conductores por encontrar en pleno casco histórico un sitio donde aparcar. Y en ese momento me doy cuenta de que la calle Tercia sí posee monumentos de renombre, y de que la Historia se ha paseado por su calzada y ha jugado por los tejados de sus edificios. Y de que será corta, apenas un par de cientos de metros, pero desde luego nunca ha sido ni será pequeña. En cualquier caso, como todo el mundo sabe, el tamaño no importa, eso espero. Y que todas las calles, avenidas, paseos, bulevares y ramblas de Alcalá son importantes, porque siempre hay personas viviendo en ellas que comparten sueños, amor y esperanzas sentadas junto a sus seres queridos en sillones de Ikea frente a cuadros con escenas de cacería.“

Fotografía realizada por Carolina Delgado