Cien razones para amarte XVI.

Cien razones para amarte XVI.

Esta es la decimosexta entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad.

¿De Complutum pero no Complutense?

Como en alguna otra ocasión en el pasado he dejado entrever, recordemos mi absurda perplejidad ante el hecho de que la puerta de Madrid estuviera en Alcalá, y la de Alcalá en Madrid, mis entendederas a veces son algo más cortas de lo deseable y con cuestiones relativamente sencillas de comprender me hago lo que vulgarmente se denomina “la picha un lío”. Y prueba de ello es que cuando mis conocimientos sobre Alcalá de Henares fueron ampliados en una bastante interesante clase (alguna había) de Historia Antigua en la que de pasada se comentó que la localidad actual sede de nuestra Facultad se asentaba sobre la antigua ciudad romana de Complutum, a mi pequeño cerebro no se le ocurrió otra cosa que obsesionarse con una cuestión que aunque pudiera parecer baladí en realidad dio pie durante una buena temporada a muchos debates y discusiones entre rectores, vicerrectores, alcaldes, historiadores y todo aquel que se creía con derecho y razones para opinar: si Alcalá es Complutum, y por tanto lo alcalaíno complutense, ¿porqué la Universidad Complutense está en Madrid?

Así que, haciendo uso, una vez más, de la biblioteca del Colegio de Málaga, y ya iban unas cuantas, quien me lo iba a decir, me puse a investigar un poco sobre la razón de tal dislate toponímico, más por sacarme el “come come” de la cabeza que porque me pareciera un tema realmente importante. No encontré mucho, o no busqué lo suficiente, porque a la media hora de esfuerzo bibliográfico pensé, con bastante buen criterio, que para qué perder el tiempo husmeando entre fichas y catálogos en una fría y silenciosa sala iluminada por fluorescentes cuando podía recurrir en mis tabernas y bares asiduos, más ruidosos y peor alumbrados, pero bastante más acogedores, a mis confidentes habituales que esperaban ansiosos a capturar entre sus redes dialécticas a algún pobre incauto a quien contar sus batallitas. Si ponías cara de estar muy interesado hasta te pagaban las cañas.

En esta ocasión, y aunque razón no les faltara, sus argumentos cargados de rencor y bañados por una gruesa capa de sentimientos de injusticia, robo de identidad y espolio de patrimonio cultural solo me sirvieron para constatar algo que ya conocía: que los gerifaltes del gobierno central allá por 1836 decidieron crear una Universidad en la capital, y como no tenían ni un duro, o mejor dicho, seamos consecuentes con la época, ni un real, pues no se les ocurrió otra cosa que llevarse la de Alcalá a Madrid, con docentes, mobiliario, tesoros, biblioteca y archivos incluidos. Vamos, que no se llevaron los edificios por el coste y el esfuerzo, que sino piedra por piedra. Y así fue como una ciudad otrora próspera y bulliciosa de la noche a la mañana perdió la institución con la que históricamente más se identificaba, y con ello, una buena parte de sus habitantes

El estado de ruina de Alcalá, en cuyas calles erectas la yerba como en el campo, cuyo sombrío y triste aspecto, al que contribuían la soledad de sus edificios, daban a la ciudad el tinte de un pueblo encantado; por doquiera ruinas, por doquiera edificios abandonados y casas deshabitadas, hadan predecir la despoblación de Alcalá… La hora de la destrucción de la ciudad ilustre, del pueblo histórico, del que fue la complacencia de Cisneros, parece haber sonado en el reloj de los tiempos!

AZAÑA, Esteban: Historia de la Ciudad de Alcalá de Henares (Antigua Compluto). Alcalá de Henares, 1882. Madrid, 1883. vol. 1, p. 289

Por suerte, ya estaban ahí mis compañeros de barra para recordármelo, el pueblo de Alcalá se rebeló contra la decadencia de su histórico patrimonio y logró salvar lo que ahora todos podemos admirar gracias a esos héroes, en su mayoría anónimos, del pasado. Y durante las siguientes 2 horas, y como ya había sucedido en alguna ocasión anterior, no dejaron de repetirme uno tras otro la historia de la Sociedad de Condueños y de las láminas de a cien reales, a lo que yo solo pude responder poniendo mi muy conseguida a fuerza de práctica cara falsa de real interés. Eso sí, mi esfuerzo fue recompensado con 2 botellines y un pincho de tortilla por la cara.

En todo caso aquellas efusivas arengas en pro de los actos de los antiguos vecinos alcalaínos no daban respuesta a la pregunta que en esa ocasión yo me planteaba. Y es que no le encontraba, y aun hoy en día no se lo encuentro, ningún sentido a que la Universidad Complutense esté en Madrid y no en Alcalá de Henares. Durante unos años, allá por finales de los 80 y principios de los 90, más por impulso de algunas protestas vecinales y del Ayuntamiento que de la propia Universidad de Alcalá, se reclamó el derecho de la institución alcalaína a denominarse complutense argumentando que se trataba de un gentilicio propio que no podía utilizarse fuera del ámbito de la propia ciudad. Toda esta cuestión se zanjo cuando, ante una misiva llena de cordialidad, efusividad sentimental y descarado peloteo el rector de la Universidad Complutense Gustavo Villapalos consiguió emblandecer los corazones de la mayoría de los ediles del Ayuntamiento de Alcalá que el 20 de mayo de 1993 en una sesión extraordinaria decidió «autorizar a la Universidad Complutense de Madrid para seguir empleando en su denominación el gentilicio Complutense».

Todo muy bonito. Mucha paz y hermandad. Pero en realidad una muestra más de que el pez grande se come al chico. Porque si bien es cierto que la Universidad Complutense de Alcalá más que dejar de existir fue trasladada a Madrid con toda su parafernalia y boato, también es verdad que fue totalmente reformada con la intención de dar la apariencia de una institución innovadora y moderna, que rompía con las encorsetadas y tradicionales prácticas docentes del Antiguo Régimen. Hasta tal punto que se cambió el nombre pasando a denominarse Universidad Central. Pero, ay amigo, llega 1970 y para eliminar ese matiz discriminatorio que conllevaba el adjetivo “central” frente a otras universidades de reciente creación deciden pasar a llamarla Universidad Complutense de Madrid. Irónico, ya en la denominación va la contradicción. O eres complutense, osease alcalaíno, o eres madrileño. Los 2 a la vez…

Así que oído lo oído, leído lo leído, y haciendo uso de mi libre albedrío, llegué a mi propia conclusión, la cual a día de hoy todavía mantengo. Y esta no es otra que si hay una Universidad que debería llamarse Complutense esa es la de Alcalá. Y sobran los motivos. El primero, que en realidad Complutum es un topónimo, y no un gentilicio, y por lo tanto por mucha autorización que un Ayuntamiento o el mismísimo Emperador Augusto que viajara en el tiempo con ese único fin dieran, no sería válida, puesto que las leyes de la física no permiten estar en 2 sitios a la vez, y la Universidad Complutense indudablemente está en Madrid y no en Alcalá de Henares. En segundo lugar porque aunque en 1836 se trasladaron muchos de los elementos de la Universidad de Alcalá a Madrid para aprovecharlos, en realidad se trató de la fundación de una Universidad nueva que, intencionadamente y he de decir que con toda lógica, en nada seguía las tradiciones y formas de la alcalaína. En tercer lugar porque no fue hasta 1970 que se acordaron de su origen cisneriano, y de lo bonito que quedaría ser conocida con un apelativo tan histórico y rimbombante como “Complutense”, y así de paso limpiar un poco esa imagen de institución prepotente que a pulso se había ganado a lo largo de sus 140 años de existencia.

Y por último porque esto va de cien razones para amar Alcalá, y aunque al final el hecho de que a nuestra Universidad se la conozca por uno u otro nombre no deja de ser anecdótico y pura retórica, no debemos dejar de reclamar lo que por derecho nos pertenece, porque es otra forma de demostrarle a nuestra ciudad que la amamos y que nos importan todas y cada una de las piedras que se han usado para construirla a lo largo de sus más de 2000 años de Historia. Y que vengan de la capital a quitárnoslo, pues no mola. ¡Con la Universidad Central hemos topado amigo Sancho!

Antonius dixit

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Sobre Antonio Lera Rodríguez-Morón

Con una licenciatura en Geografía e Historia y un máster en Bibliotoeconomía y Documentación, su vida laboral ha discurrido en su mayoría por otros terrenos alejados a su formación. Como complemento laboral realiza tareas de Community Manager para 2 empresas locales. Empujado por su pasión por la lectura en su tiempo libre escribe relatos cortos personalizados .