Cien razones para amarte XXII

Cien razones para amarte XXII

Duelos y quebrantos, migas con chocolate y bacalao con amigos.

Esta es la vigésimo segunda entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad.

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Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto, ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.

Don Quijote de la Mancha

Difícilmente podría Sancho Panza seguir el consejo de su señor si en su largo peregrinar en busca de aventuras ambos hubiesen viajado a través del tiempo hasta nuestros días y “aparcado” su rucio y su jumento, porqué no, en las mismísimas Cuadras de Rocinante, a la vuelta de la esquina de la calle Mayor, la misma en la que se encontraba la casa donde casi 500 años atrás nació su progenitor Miguel de Cervantes. Aunque, a decir verdad, no lo habría seguido ni en Alcalá ni en ningún otro sitio donde encontrase al alcance de su hocico cualquier vianda destinada a satisfacer las demasiado a menudo apremiantes necesidades, tan propias del oficio de escudero, de su maltratado estómago. Pero como no es lo mismo llenar la tripa que alimentar el alma y los sentidos, pues de conformarse con lo primero cualquier sitio le habría valido, pero para gozar de lo segundo sin duda no encontraría lugar mejor en el mundo que nuestra monumental y gastronómica ciudad complutense. Y lo digo, desde mi sincero y hedonista amor por la comida, con conocimiento de causa.

De los 7 pecados capitales no hay ninguno del que, en algún momento de mi vida al menos, no haya sido incuestionablemente culpable. Y aunque, más por motivos morales que religiosos, de todos me acabo arrepintiendo, hay uno que no puedo ni quiero evitar perpetrar continuamente siendo esta circunstancia más motivo de orgullo que de culpa: la gula. Siempre y cuando, he de confesar, no vaya al día siguiente a pesarme a la farmacia o note que me cuesta abrocharme los pantalones. Y ni por esas. Porque no caer una y otra vez en tan apetitosa flaqueza como es el buen yantar en una ciudad como Alcalá de Henares es harto complicado por no decir imposible. Y no sólo por su maravillosa oferta gastronómica a la que no le falta calidad, cantidad y variedad, sino por el ambiente que se respira en una ciudad que late con vida y que huele y sabe a Historia, cultura y, sobre todo, al menos en mi caso, a amistad. Porque como bien decía Cicerón, “el placer de los banquetes debe medirse no por la abundancia de los manjares, sino por la reunión de los amigos y por su conversación”. Así que es posible, aunque lo dudo, que haya restaurantes, bares o tabernas donde sirvan comidas más exquisitas en platos más elegantes y con estilo muy refinado, pero yo, que soy un animal de costumbres y me gusta ser fiel a quien se lo gana y se lo merece, tengo mis sitios habituales, una lista a decir verdad no demasiado amplia, a los que acudo porque no sólo sé que siempre voy a comer bien, sino que me van a hacer sentir como en casa, porque para los dueños y camareros eres mucho más que un cliente, eres la razón de ser de algo que más que un trabajo es una pasión: la cocina.

Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.”

Don Quijote de la Mancha

Unas croquetas de duelos y quebrantos o unas migas con chocolate. Difícil elección, fácil solución. Nunca elijo, pido las dos, para qué quedarme con las ganas. ¿Dónde? En la Hostería del Estudiante, inquilina ancestral de la calle Colegios, vecina de juzgados, facultades, capillas y monasterios, dueña de un espacio que forma parte de la Historia de la Universidad Cisneriana y por tanto de Alcalá de Henares. Un hermoso lugar en el que me siento trasportado al siglo XVII e imagino que a un lado, galante, abusando de su labia, Lope, empujado por la osadía que infunde una ya casi vacía jarra de vino, susurra al oído de una dama palabras de amor, y al otro, arrogante y jactancioso, Quevedo utiliza su ingenio para insultar a un caballero y provocarlo a entablar desigual pelea. Si el ambiente acompaña todo sabe mucho mejor.

Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen no quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.

Don Quijote de la Mancha

Cuando después de 30 años sigues frecuentando un lugar o bien es que no hay para elegir, o es que eres tonto, o tiene algo especial. Evidentemente para elegir en Alcalá más que de sobra. Y aunque no es que sea precisamente un lumbreras, tonto tampoco soy. Así que va a ser lo otro. Y el tiempo me da la razón, 50 años de vida tienen sus motivos, muchos y buenos. Empezando por el nombre. Que un mesón ya no en la ciudad sino en el barrio donde nació Cervantes se llame Las Cuadras de Rocinante de por sí es bastante tentador como para pasar de largo sin al menos echar un vistazo. Y si echas ese vistazo ya estás atrapado, por su barra de azulejos y madera; por esa decoración añeja, inmemorial, campestre o como quieras llamarla, con sus aperos de labranza, planchas antiguas, cencerros, llaves y platos decorativos; por sus frascas de vino de la casa, sus raciones de migas, oreja a la plancha, pisto manchego, su lanza de Don Quijote, ¡eso es una brocheta y lo demás son tonterías!, y como no, cuando llega el fresquito, su puchero de menú; y por supuesto por la cordialidad de Carlos, un dueño bastante peculiar siempre ataviado con pantalón negro, camisa blanca y sonrisa en el rostro.

Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo: «¡Coméme! ¡Coméme!

Don Quijote de la Mancha

Una de mis plazas preferidas de Alcalá es la de los Irlandeses. Y tampoco es que tenga nada especial. Rodeada de edificios de nueva construcción a pesar de encontrarse incrustada en el casco histórico de la ciudad, tal vez la mala reputación de la que gozaba en el siglo XVII como lugar de cita para duelos y refriegas entre estudiantes, pícaros y malhechores, hasta tal punto que el callejón de acceso era conocido como el del “peligro”, la forjen ese atractivo irresistible para mi espíritu de golfo redimido por la edad y las buenas, o al menos algo mejores que las pretéritas, compañías. Así que me siento en la terraza de Las Retintas, me pido mi tercio de Mahou, y cruzo los dedos para que me traigan de pincho la que creo que es la mejor tortilla de patatas de la ciudad. Algo que, salvo trágica carencia de existencias, siempre ocurre porque David, atento a los caprichos de su clientela, conoce sobradamente mi querencia hacia su fritada española de huevos con patatas. Y hacia su cocido, con su sopa, sus garbanzos, su verdura, y su carne, de primera calidad, que por algo se llama retintas el local, que para los que no lo sepan, es una raza de vaca oriunda de algunas zonas de Andalucía y Extremadura. Y puntito aparte para los amantes de las Vespas, aquí tenéis vuestra sede oficial en Alcalá de Henares. Perfecto para charlar de motos junto a un vino o una caña. Y por supuesto, un pincho de tortilla.

De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznosasados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.

Don Quijote de la Mancha

Cuando mi hija iba al colegio me enteré que el padre de uno de sus compañeros era el dueño de la Taberna de Rusty. Y yo, le sugerí, sin presión, bueno, tal vez hubo algo de chantaje, que se hiciera muy amigo de ese niño. Porque “El Rusty”, los 2 locales, a pesar de no estar precisamente en el meollo de la cuestión que siempre ha sido, es y será el casco histórico, por aquellos años ya tenía fama bien ganada de ser uno de los bares donde se servían las mejores tapas de la ciudad. Y ahora, que a base de trabajo y valentía han logrado mudarse al centro, la calle del Tinte es lugar de obligada parada si quieres comerte una hamburguesa como Dios manda y unos torreznos que hacen que tu paladar te lleve mentalmente a Soria. Pero si prefieres darte una vuelta por Asturias, pues una botellita de sidra natural en su lagar de la calle Mayor es un buen primer paso para conseguirlo. Bravo Joaquín, “hacia el infinito y más allá”.

y lo primero que sacó de la cesta fue un grande haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacallaofrito.

Rinconete y Cortadillo

Como soy pobre, en lugar de en la playa o en la sierra, mi segunda residencia la tengo al lado de casa, en el bar donde sé que siempre voy a encontrar alguien con quien compartir un albariño, el humo de un cigarrillo, y una buena conversación. Y aunque no creo en el destino, sí en las casualidades venturosas, y prueba de ello es que el bar en cuestión se llama La Locura, avería de la mente que no sabría decir si alude a los dueños, a la clientela, o a ambos. Va a ser esto último. Pero bendita locura mientras el vino corra y desate la lengua de unos parroquianos que a fuerza de años y de vida traspiran sabiduría en cada palabra que recitan. Porque lo que hacen no es hablar, es recitar, pura poesía en prosa callejera. Así que buen vino, buenas tapas, raciones generosas y la mejor terraza de todo Alcalá. Y sobre todo Valentín, el patriarca de la casa, vividor, canalla y sabinero. Y amigo, de los de vámonos de ruta los domingos que tengo mucho que escucharte, o dile a Justo, Mari Luz y Sonia que cuando pueden, que hablo con Esperanza y preparamos un bacalao con patatas o un botillo a la zamorana. Lo dicho, mi segunda casa.

Manifestó luego medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul.

Rinconete y Cortadillo

Parada habitual de nuestra ruta dominical, Valentín, yo, y todo aquel que se nos quiera unir no perdonamos unos albariños en el Sacromonte. Bueno, tanto como todo el que se quiera unir tampoco, que para las compañías en nuestras escapadas a “misa de vino y tapa” nos ponemos un poco exquisitos. Igual que para el destino, que tampoco cualquier sitio nos vale. Aquí siempre acertamos, con el vino, con las tapas o con sus raciones y platos de pescados y mariscos. Y para no acertar. No en vano José y su familia son ”athleticzales” de corazón, y eso es sinónimo de buena gente. Y de que siempre van a tratar bien a todo el mundo. Pero si mi amigo Justo y yo llegamos con la chamarra del Atlhetic, pues algo de ventaja tendremos, ¿no? Un consejo, no te pierdas su atún rojo en tartar o tataki.

En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle

Don Quijote de la Mancha

No hay un lugar que me traiga más recuerdos de la infancia de mi hija que éste. Destino de nuestras batallas de captura de “equis”, escondite de tesoros y escenario de incontables fiestas de cumpleaños, suyas, de sus compis del cole, e incluso en varias ocasiones, de todos los que cumplían en verano a la vez. Juegos, tartas, piñatas y regalos registrados para la nostalgia en una carpeta de fotos del ordenador que seguro todos los padres de aquella cuadrilla tenemos guardada bajo el nombre de “cumples Cervantes” o algo parecido. Ahora aquel sencillo chiringuito en el que apenas se servían bebidas y raciones ha crecido. Y es que, en el Asador Parrilla la Ermita, probablemente te vas a chupar los dedos con su cordero lechal al estilo castellano o su cochinillo a la leña como en ningún otro sitio. Pero lo que si es seguro es que no hay lugar como este para que 3 semifrikis más bien justos de atractivo, Jaime, Tomás y por supuesto yo, que tuvieron la suerte de cazar a 3 mujeres que sin duda salieron perdiendo en el trato, disfruten de una perfecta noche de verano con una jarra de cerveza y unos irrenunciables bocatas de panceta o calamares. Y por supuesto, con una ración doble de recuerdos.

y luego le puso una gran bota de vino en las manos, y una caja de conservas y otras cosas dulces

El celoso extremeño

¡Ah, los postres de Alcalá! Su costrada, las rosquillas, las almendras garrapiñadas, las tejas, los penitentes… Menos mal que no soy muy goloso. ¡Pero como resistirse a ese milhojas de hojaldre con crema, merengue y almendra picada! ¡A esos imperfectos círculos agujereados forjados con humildes harina, huevo y azúcar! ¡A esos caramelos de almendra y almíbar de azúcar que son tan alcalaínos como el propio Cervantes y que Las Clarisas venden a ilusionadas novias que depositan en su compra la esperanza de una boda soleada! Y para acompañar una buena sobremesa de café o, casi mejor, de licor o vino dulce, pues unas ligeras pero dulces y sabrosas tejas. Y bendita cuaresma, si por no comer carne tienes que conformarte con unos penitentes de chocolate. Y si además le añadimos unas torrijas, ¡pues que viva la Semana Santa! Que la de Alcalá, por cierto, de las que no hay que perderse. Al final va a resultar que un poco goloso sí que soy. Y cuando el cuerpo me pide dulce, en la calle Mayor, en la Repostería Paraninfo, sé que siempre voy a encontrar una chuchería, golosina, confitura o pastel que me endulce sino la vida, al menos el día.

Avisóles su adalid de los puestos donde habían de acudir: por las mañanas, a la Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la Pescadería y a la Costanilla; todas las tardes, al río; los jueves, a la Feria

Rinconete y Cortadillo

Bailarinas, saltimbanquis, bufones, trovadores, caballeros andantes con sus escuderos, artesanos, orfebres y herreros. Música y teatro. Olores y sabores. Comida y bebida. Amigos riendo, cantando, compartiendo. Feria medieval o Mercado Cervantino, da igual como lo llames. Todos los alcalaínos estamos un poco más tristes porque estos días no veremos el centro de nuestra ciudad engalanado de banderines y asaltado por la ya familiar troupe que todos los años al llegar el 9 de octubre llena de alegría y colorido las calles y plazas complutenses. Pero Alcalá es eterna, y un año no es más que el tiempo que trascurre entre un momento inolvidable del pasado y otro maravilloso del futuro. Esperaremos.


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Sobre Antonio Lera Rodríguez-Morón

Con una licenciatura en Geografía e Historia y un máster en Bibliotoeconomía y Documentación, su vida laboral ha discurrido en su mayoría por otros terrenos alejados a su formación. Como complemento laboral realiza tareas de Community Manager para 2 empresas locales. Empujado por su pasión por la lectura en su tiempo libre escribe relatos cortos personalizados .