Cien razones para amarte XXX

Cien razones para amarte XXX

Ocho mil días juntos

Esta es la trigésima entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad. En esta ocasión, coincide la tercera decena de razones con un especial dedicado a su mujer, Sonia, que celebra su cincuenta cumpleaños en el día de hoy. ¡Felicidades, Sonia!, no será la celebración que tú habrías imaginado, pero esperamos que este precioso regalo te haga feliz. ¡Celebra la vida y disfruta lo que te rodea!.

Ocho mil días juntos. Bueno casi. En realidad, si miramos para atrás, unos cuantos más. A mi idilio con Alcalá habría que sumarle cuatro años de carrera como pareja con derecho a roce, y uno más y varios de doctorado como trío cuando mi chica, en que estaría ella pensando, decidió subirse al carro. Pero nada serio, sin ataduras. Yo iba y venía, cosladeño soltero y algo vividor que además presumía y se jactaba de serlo. Hasta un 12 de junio de 1999. En la Capilla universitaria de San Ildefonso, atacados injustificadamente por una granizada de las que dejan chichones de recuerdo y bajo un diluvio al que poco le faltó para ser bíblico, decidimos los tres, Sonia, Alcalá y yo, formalizar a los ojos de Dios, de la ley y de los hombres una relación que todavía dura. Casi ocho mil días juntos. Y los que nos quedan

Aunque si te he de ser sincero, ahora te hablo a ti, mi querida Alcalá, íbamos a abandonarte. Por una ciudad más joven, más bulliciosa, más popular. Al otro lado del mundo nos esperaba la colorida y peligrosa Bogotá, que trataba de engatusarnos con la dulce promesa de hacer realidad nuestra fantasía de ser profesores universitarios. Te amábamos Alcalá, pero amábamos más nuestros sueños. Sé que lo sabías, al menos lo sospechabas. Un alquiler temporal de seis meses sin intenciones de mirar más allá en el tiempo era un indicio demasiado evidente. Y te vengaste, celosa y resentida, y de que manera. En aquel nuestro primer hogar de la calle Tercia, en tu pleno casco histórico, en aquellos años en los que la “zona” era un hervidero de garitos, música, gente y fiesta nocturna, conseguir pegar ojo era algo que oscilaba entre la fábula y la utopía. No te sirvió de mucho. ¿Habías oído alguna vez lo de que si no puedes con ellos únete a ellos? Pues eso, que tampoco le dimos muchas vueltas, como no había solución gustosamente nos unimos al problema. Pero con lo de las campanadas de la Catedral a la 8 de la mañana… Ahí lo clavaste amiga.

Pero resultó que los sueños colombianos más que sueños eran quimeras. Y nos autoconvencimos de que ver amanecer sobre el parque de los cerros desde el ventanal de la cocina de un último piso en la Avenida Virgen del Val era lo que realmente necesitábamos para empezar a recorrer nuestro camino. Así que tirándonos de cabeza a la piscina del aburguesamiento nos convertimos en prisioneros de trabajos precarios, ocio en centro comercial, tarjetas de crédito y seguros para casi todo dejándonos persuadir por la idea de que tener una casa llena de muebles, electrodomésticos y a poder ser un par de televisores era lo que con toda seguridad nos daría la felicidad. Y llegados a este punto, atados los tres por el lazo casi indisoluble de una hipoteca a 30 años, el banco unió definitivamente lo que una boda normalmente solo es capaz de vincular.

Casi ocho mil días juntos. Con sus casi ocho mil noches. Dan para tantas cosas. Para domingos de paseo con caña y tapa y sábados canallas con baile y copa. Para viajar al pasado en mercados cervantinos, sufrir con las desventuras de Don Juan Tenorio y llevarse algún que otro susto durante una marcha zombie. Para disfrazarse en carnavales, disfrutar en ferias estivales y emocionarse con pasos de Semana Santa. Para volver a sentirnos como niños con la cabalgata de Reyes, para escuchar a músicos pintar las calles con sonidos y para oír a actores llenar de versos los teatros y las plazas. Para cuentacuentos, funciones escolares y fiestas del AMPA en el colegio Cervantes. Para recorrer, como se recorre el cuerpo de una amante, cada uno de los rincones de esta ciudad que nos ha atrapado con su embrujo y nos ha hecho sentir, cada día que pasa un poco más que el anterior, que nos es tan imprescindible como el aire que respiramos. Porque a pesar de lo que diga el refrán en nuestro caso tres son compañía.

Pero en realidad nunca fuimos solo tres. Siempre hemos estado acompañados del cálido y confortable aliento del afecto y la amistad. En los buenos, que ha habido muchos, y en los malos, y por suerte escasos, momentos. Porque de todo lo que nos ha dado la vida a lo largo de estos más de 20 años de trío legítimo de lo que más agradecidos estamos, aparte de nuestra hija, es de los amigos, de nuestra gente. De los de siempre, de los de ahora y de los que se alejaron pero que nunca dejarán de tener un hermoso lugar en nuestros recuerdos, en nuestros corazones. Porque este trayecto no habría sido lo mismo sin Elena, mi camarada emigrante cosladeña, y Rogelio, que, aunque se haya ido, va a seguir estando siempre con nosotros, y muy pocos son los que se ganan ese derecho. Sin Nieves, mi maravillosa jefa en esto de las cien razones, y Jaime, cautivante conversador que nos creemos que es de Málaga porque él lo dice. De Mari Luz, nuestra heroína de uniforme blanco y guantes de látex, guerrera de primera línea en tiempos de pandemia, y de Justo, compañero infatigable de charleta, tercio, pincho y cigarrito en la cocina. De Silvia, ¡cómo envidio su valor y su tenacidad para conseguir lo que quiere!, y de Tomás, nuestra ingeniosa y divertida wikipedia humana particular. De Concha, toda ella alegría y entusiasmo contagioso, del que no hay mascarilla ni vacuna que lo frene, y de Juan Antonio, compinche de ocasional fumeteo furtivo y whiskey irlandés. De Valentín, camarada de escapada dominical en busca de vino, y no precisamente del de misa, siempre acompañado de charla inteligente incluso cuando se apunta Rafa, y de Espe, que nos telefonea aposta para llamarnos golfos, pero que en realidad lo dice con la boca pequeña porque sabe que da las malas compañías tampoco soy de las peores. De Carol, independiente, libre e inteligente, aunque sea rubia, y de tantas y tantos otros que son la prueba de que no debemos ser muy memos porque al fin y al cabo a los amigos, y casi siempre hemos acertado, los elegimos nosotros.

Pero no siempre puedes elegir en la vida. A veces, casi siempre, la vida escoge por ti. Tal vez sea mejor así. Seguramente se equivoque menos que nosotros, animales “racionales” tan propensos a tomar decisiones erróneas, a dejarnos llevar por las entrañas. Pero ¡joder, cuando sale bien que gustazo! Y a mí me salió perfecto cuando decidí que mi historia sería más interesante y mi existencia mucho más feliz si estaban unidas a una ciudad y a una mujer a las que adoro. La primera es milenaria, la segunda cumple hoy cincuenta años. Un número que merece una celebración especial, una fecha para recordarle que si tengo cien razones para amar Alcalá de Henares para amarla a ella tengo miles. Y por supuesto un día que aprovecharé para echarle en cara que, al menos hasta que este verano llegue yo también a las 5 décadas, una madurita cincuentona como ella comparte cama, asaltacunas, con un joven cuarentón como yo.

¡Por Dios señora Robinson…! ¡Usted está tratando de seducirme!

El Graduado, 1967

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Sobre Antonio Lera Rodríguez-Morón

Con una licenciatura en Geografía e Historia y un máster en Bibliotoeconomía y Documentación, su vida laboral ha discurrido en su mayoría por otros terrenos alejados a su formación. Como complemento laboral realiza tareas de Community Manager para 2 empresas locales. Empujado por su pasión por la lectura en su tiempo libre escribe relatos cortos personalizados .